La contención emocional de las personas con Discapacidad intelectual

La trayectoria histórica por lo que hace el estudio de las emociones en personas con discapacidad intelectual (DI) se ha caracterizado por un vacío. La existencia de este vacío histórico no sorprende si tenemos en cuenta dos situaciones fundamentales:

Por un lado, la forma de concebir tradicionalmente la DI en términos de deficiencias cognitivas. Este hecho ha supuesto que durante décadas, las teorías de la DI han centrado su atención en cómo el funcionamiento cognitivo influye en el funcionamiento conductual. Y es en esta atención selectiva la que ha supuesto dejar de lado el mundo emocional de las personas con DI o eclipsarlo en función de este déficit cognitivo.

Por otro lado, la existencia en la psicología básica de una polémica relación entre emoción y cognición. En los inicios de la década de los 80 hubo un fuerte debate sobre la relación entre emoción y cognición con dos planteamientos opuestos. De una parte, Robert Zajonc (1980) proponía que la emoción y la cognición están bajo el control de sistemas psicológicos separados y parcialmente independientes y que las emociones se producen antes y de forma independiente de los procesos cognitivos. Y por otro lado, Richard Lazarus (1982, 1984) sostenía que todas las respuestas emocionales estaban precedidas por algún proceso cognitivo básico (evaluación) y, por tanto, las emociones eran fenómenos postcognitivos. Desde aquel momento ha ido ganando aceptación la visión de que los procesos cognitivos están estrechamente relacionados con la emoción, aunque todavía persiste el desacuerdo sobre la dirección y el alcance de esta relación.

Es a partir de estas posturas enfrentadas y en los años 80 cuando los/as investigadores/as empiezan a plantearse la bidireccionalidad de la relación entre funcionamiento afectivo y cognitivo (Cichetti y Scheneider-Roser, 1984). Y es a partir de, fundamentalmente, la década de los 90 cuando el vacío en el estudio de las emociones, en concreto de las personas con DI, empezó a cambiar. Este cambio fue debido, seguramente, a la incipiente necesidad de entender la DI más allá del déficit cognitivo.

No es de extrañar entonces, que los avances en materia de educación de las emociones en población con DI consisten principalmente, y por resumirlo mucho, en aplicar la contención emocional.

Contención emocional entendida como la estrategia que tiene como objetivo tranquilizar y estimular la confianza de la persona que se encuentra afectada por una fuerte crisis emocional ya que esta crisis podía derivar en conductas perturbadoras.

En los últimos años, muchos profesionales nos planteamos si la contención emocional, muy útil en algunos momentos, realmente cumple el objetivo que creemos, la persona con DI, tiene derecho a tener respeto a su mundo emocional. Y es desde esta perspectiva transformadora que consideramos imprescindible trabajar para que las personas con DI tengan la oportunidad de experimentar una educación emocional donde el conocimiento de las propias emociones y su gestión les permita conseguir el equilibrio necesario para un adecuado desarrollo individual y social que favorezca la plena inclusión.

Y dentro de esta educación emocional pondremos especial énfasis en la consciencia y la regulación emocional como competencias básicas para un adecuado conocimiento básico de uno/a mismo/a.

Esta consciencia emocional consiste en una cosa tan sencilla como conocer los tipos de emociones, es decir diferenciar entre emociones positivas (como alegría) y negativas (como la ira) y también diferenciar entre emociones básicas o primarias (alegría, ira, asco, miedo, sorpresa y tristeza) y emociones secundarias (vergüenza, culpa, envidia, orgullo, etc…) e identificarlas en uno/a mismo/a y en los otros para ser autoconocedores/as de cómo estamos en cada momento o cómo pueden estar las demás personas.

Ese conocimiento emocional se puede hacer de diferentes maneras pero al principio necesitaran una persona externa a ellos/as (familiar, cuidador, referente, etc…) que les facilita el “espejo” y les ayude a entender qué están sintiendo o qué pueden estar sintiendo y qué significa, por qué motivo están experimentando esta emoción. Es decir, nosotros/as, los profesionales, además de ser un modelo de expresión de emociones tendremos la misión de traducir su lenguaje corporal en palabras ya que una aceptación de los propios sentimientos produce alivio emocional. Este acompañamiento emocional lo podremos realizar continuamente en cada actividad, cada experiencia personal, cada interacción con ellos/as será una oportunidad para enseñar y aprender, para crecer emocionalmente y generar una sana autoestima.

El siguiente paso, la regulación emocional, iría más allá y busca, no sólo conocer qué estoy sintiendo y qué ha hecho que me sienta así, sino saber qué me ayudará a poder gestionar esta emoción, a poder canalizarla de forma que no permita que me haga daño, ni que se lo haga a los/as demás. Es muy importante que la persona entienda que aunque entendamos sus sentimientos (tiene derecho a sentir lo que siente), si ha actuado de una forma inadecuada se tiene que buscar una solución (no tiene derecho a actuar haciéndose, o haciendo daño a otros). Los/as profesionales en este caso, debemos tener claro que detrás de una conducta alterada existe un sentimiento muy intenso que tiene que ser escuchando y liberando. Al permitir la expresión de las emociones la persona estará menos “cargada emocionalmente” y no estallará delante de cualquier estímulo, ni verá los errores como grandes obstáculos. Aquí se necesita más tiempo para llegar, conocer bien a la persona y haber aprendido a entender qué le gusta y qué le disgusta, qué le hace feliz y qué le hace infeliz, qué le ayuda y qué le interfiere poder enseñar-se a utilizar las estrategias que le sirvan en función de cada situación, convirtiendo a la persona en una persona autónoma a nivel emocional y personal.

“Nadie se entiende con los demás si está en constante batalla consigo mismo” (Dorothy Corkille).

En definitiva, queremos una educación emocional para las personas con DI que les permita adquirir un mejor conocimiento de las propias emociones, denominar las emociones correctamente, desarrollar la habilidad para regular las propias emociones, subir el umbral de tolerancia a la frustración, prevenir los efectos nocivos de las emociones negativas, desarrollar la habilidad para generar emociones positivas, desarrollar la habilidad de auto-motivarse, adoptar una actitud positiva ante la vida y aprender a fluir.

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