No eres lo que piensas

¿Recuerdas la última vez que “luchaste” contra tus pensamientos?

Según varias líneas de investigación, las personas tenemos una media de entre 50,000 a 60,000 pensamientos diarios (Williams & Penman, 2015)*.

Algunos de estos pensamientos son actividades racionales y reflexivas, pero la inmensa mayoría son pensamientos automáticos.

Pensamientos que aparecen de forma inconsciente a partir de continuas relaciones que se establecen entre los estímulos que captan nuestros sentidos, los recuerdos grabados en nuestra memoria y las creencias que guían y aportan sentido a nuestra particular interpretación del mundo.

Podríamos decir que la mayoría de nuestros pensamientos están “teñidos” por emociones y, por lo tanto, disponen de gran capacidad para impactar directamente en nuestra salud tanto física como mental y emocional (Wells, 2009)*.

De esta manera, un solo pensamiento triste que nos asalte automáticamente durante el día puede quedar asociado en milésimas de segundo con algún recuerdo o experiencia dolorosa relacionada, por ejemplo, con la soledad que hemos sentido en algún momento de nuestra vida.

La mente es poderosa y, por lo tanto, resulta relativamente fácil que un único pensamiento tenga la capacidad de instalarse y desde dentro de nuestro cerebro generarnos una emoción, un sentimiento que nos conecte con una tristeza profunda que afecte nuestro estado de ánimo durante buena parte de la jornada.

Una vez que tomamos conciencia de que estamos muy tristes, es bastante habitual preguntarnos por qué nos sentimos así, tratar de encontrar explicaciones que nos permitan entender la situación… a la mente no le gustan nada los finales abiertos… y claro… como las emociones no se pueden explicar ni analizar, solo se pueden sentir, esta necesidad de encontrar razones para comprender nuestros sentimientos no hará otra cosa que potenciarlos aún más.

Las consecuencias de este hecho podrían ser muchas, evidentemente, pero un escenario más que probable podría ser que con un estado de ánimo bajo no nos apeteciera hacer nada y, por lo tanto, desmotivados, afligidos y melancólicos decidimos en el último momento cancelar esa reunión de amigos que llevábamos tiempo esperando.

Una vez solos en casa, lejos de sentirnos mejor, nos asalta un torrente de pensamientos que vienen a confirmar nuestras peores sospechas… estamos solos, aislados de los demás, no le importamos a nadie… nuestros pensamientos tenían razón.

La tormenta perfecta ya está en marcha.

Es solo un pequeño ejemplo para explicar la fuerza que tienen los pensamientos al dirigir nuestras vidas.

En este sentido, quiero hacer una pequeña reflexión para entender mejor por qué es tan importante aprender a separarnos de lo que pensamos.

Todos los que compartís esta lectura evidentemente sabéis leer.

Ahora imaginad que os ponéis este artículo cerca de los ojos… sería imposible leerlo, ¿verdad? Las palabras seguirían estando, pero no a la distancia adecuada como para poder descifrarlas.

Con los pensamientos pasa exactamente lo mismo.

Necesitamos esa distancia, es necesario aprender a no fusionarnos completamente con ellos porque desde dentro la corriente nos arrastra y no podremos identificarlos, no podremos “leerlos”, no podremos tomar conciencia de lo que realmente son, hechos mentales, no la realidad.

Entre los muchos beneficios que tiene la práctica de mindfulness uno es precisamente conseguir esa distancia para separarnos de lo que pensamos.

Como siempre les digo a los participantes de mis talleres de gestión emocional, hay que encontrar el camino hacia la orilla del río donde tendremos oportunidad de ver la corriente sin mojarnos.

Pero… ¿cómo se consigue eso?

Pues básicamente a partir de una atención muy bien entrenada.

El mindfulness es justamente eso, un entrenamiento, como si se tratara de ir al gimnasio.

Imagina que estás en una conferencia y alguien se acerca a ti para decirte al oído que hay una serpiente rondando por la sala.

Ahora piensa… ¿crees que serías capaz de escuchar atentamente las explicaciones de la persona que habla? ¿Dónde crees que estaría tu atención fijada?

Efectivamente, lo más probable es que tu atención quedara conectada con el peligro para reaccionar rápidamente en caso de que la serpiente decidiera hacerte una visita. Y esto no supondría ningún problema, todo lo contrario, estamos biológicamente preparados para reaccionar de esta manera. El miedo es una emoción adaptativa, necesaria para la supervivencia.

El problema llega cuando en lugar de una serpiente, la amenaza tiene forma de pensamiento, uno catastrófico sobre el futuro, por ejemplo.

A la mente le cuesta mucho distinguir una amenaza real de una imaginaria.

Por lo tanto, nuestra respuesta será muy similar.

Nuestra atención quedará “secuestrada”, conectada con “un peligro” sí, pero claro… en este caso será un peligro que no se toca, que no existe, que no podemos solucionar, básicamente porque no es real.

Muchos trastornos en salud mental tienen este denominador común, esta dificultad para gestionar la actividad mental en forma de pensamientos de muchos tipos: intrusivos, catastróficos, distorsiones cognitivas… son muchas y muy variadas las formas que tenemos de hacernos trampas al solitario.

En este sentido, trastornos del estado de ánimo como la depresión y la ansiedad son un ejemplo, pero también otros como el trastorno bipolar, la esquizofrenia, el trastorno de pánico y todo tipo de fobias presentan también grandes dificultades en esta área (Wells, 2009).

Por este motivo, la técnica mindfulness es para cualquier persona que quiera reducir los niveles de activación física, aumentar el sentimiento de autoeficacia, recuperar el control de los pensamientos, desarrollar sentimientos de autocompasión, aumentar la sensación de calma y de conexión con la realidad… en definitiva, aprender a vivir en el aquí y ahora en lugar de atrapado por las emociones negativas de un pasado que no se puede cambiar y el miedo y la incertidumbre de un futuro que es imposible controlar.

Y es que… NO hay salud sin salud mental.”

Patricia Pascual – Psicóloga de Psikopal

*Wells, A. (2009) Terapia metacognitiva para la ansiedad y la depresión. Desclée de Brouwer. Bilbao

*Williams, M. & Penman, D. (2015) Mindfulness. Paidós. Barcelona

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