Olvidemos prejuicios y sigamos el lema de cuando éramos niños

La discapacidad intelectual o mental nunca ha sido un tabú en mi entorno, probablemente porque varios familiares se dedican a la enseñanza en colegios especiales. Además, ya en mi colegio recuerdo que venían otros alumnos con discapacidad intelectual de nuestra edad al comedor, puesto que en su escuela no lo había. Es curioso, porque en realidad lo que nosotros nos preguntábamos era por qué no tenían comedor en su colegio, y no que éramos diferentes. Lo cierto es que para nosotros esa diferencia era inexistente, hasta el momento. De hecho, compartíamos el mismo patio, de modo que jugábamos y hablábamos todos juntos, lo único que distaba entre nosotros era que nuestros colegios no se llamaban igual. Sin embargo, esto cambió cuando fuimos más mayores, y lejos de lo que seguramente se piensa, no era porque no coincidiéramos en los temas de los que hablar sino porque algunos de nosotros recibíamos información de las familias y con ello, muchos prejuicios y tabúes acerca de la discapacidad intelectual.  

¿Por qué explico todo esto? Bueno, antes de abarcar esta pregunta explicaré mi experiencia como voluntaria en una entidad sin ánimo de lucro. En primer lugar, esto implica que soy muy consciente de que el dinero que se recauda depende en mayor o menor medida a las colaboraciones de los voluntarios y por lo tanto nuestra labor es casi indispensable. Además, es una elección muy gratificante puesto que la sociedad te crea prejuicios muy sutilmente. Y es, por lo tanto, en este tipo de entornos donde te das cuenta de que, como la mayoría de los prejuicios, son irreales y engañosos. Por otra parte, debo destacar que la primera vez que acudí físicamente como voluntaria fue en un torneo y, sabiendo todo el trabajo que había detrás, mi principal preocupación era dar la talla. Es decir, que los equipos y cada uno de los jugadores se sintieran apoyados y que el rol que me habían asignado lo pudiera hacer correctamente. Además, formar parte de esta entidad ha suscitado en mí, las ganas de proyectar todo lo aprendido y lo vivido ese día a más gente ya que, como he dicho antes, es la mejor manera de eliminar los prejuicios y los tabús creados en la sociedad. 

Centrándome de nuevo en el torneo, quiero hacer hincapié en un momento en concreto. Fui a curiosear qué equipo iba ganando en otra de las pistas. Alguien me dijo que uno de los equipos era de Sant Feliu de Llobregat, mi ciudad natal y donde viví hasta finalizar el bachillerato. Y ¿a qué no sabéis qué? una de las niñas que venían al comedor de mi colegio estaba allí como jugadora. Todo el torneo había sido un vaivén de circunstancias: levantarse muy pronto, la aceleración en general, la presión personal de que saliera bien, etc. Creo que todo esto añadido a esta situación hizo que me acecharan muchas emociones y realmente fue en ese instante cuando pude desprenderme de ideas y comentarios negativos escuchados a lo largo de mi vida como: la gente con discapacidad es “maravillosos y siempre súper cariñosos” o “no te entienden” o “hay que tratarlos como si fueran más vulnerables”. Lo primero es que acudir a las etiquetas extremas no es una elección acertada. En el planeta existe gente de todo tipo y forma, con unas capacidades u otras, y con diferentes inteligencias, pero esto no lo marca una discapacidad intelectual ni cualquier otra. 

Para concluir, quiero aprovechar esta historia para que todos nos cuestionemos qué sucede desde el tránsito de niños a adultos, que contra todo pronóstico, en esa primera etapa somos más tolerantes y menos críticos con las personas en general y, como consecuencia, los prejuicios son casi inexistentes. En mi opinión, esto va ligado a que un niño está interesado en compartir, comunicarse y disfrutar, que es quizás algunas de las condiciones que como adulto van pasando a segundo plano.  

Noelia Galván Cana

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