Fundación que fomenta el deporte en personas con discapacidad intelectual, salud mental y poblaciones en situación de vulnerabilidad / exclusión social
Fundación que fomenta el deporte en personas con discapacidad intelectual, salud mental y poblaciones en situación de vulnerabilidad / exclusión social

El trato a las personas con diversidad

«No me trates como si fuera una niña, por favor. Te entiendo perfectamente». Esta es una de las frases que se suelen repetir en cuanto una persona con discapacidad intelectual interactúa con otra persona sin discapacidad. 

En ocasiones, el deseo de ayudar a las personas que tienen discapacidad por parte de quienes no la tienen genera un trato desigual, ya que, o bien gritan para dirigirse a ellas, o las tratan como si fueran infantes, o la ayuda es excesiva, llegando a invadir el espacio personal, o incluso las ignoran si hay otra persona al lado. Este trato es denigrante, ya que las personas con discapacidad merecen que se respete su espacio y su dignidad. 

Seguramente los actos de estas personas son de buena fe, pero lo que necesitan las personas con diversidad es que el trato sea igualitario, ser tratadas con normalidad. 

Uno de los grandes errores es ignorar a la persona. Esto sucede demasiadas veces en la vida cotidiana de una persona con diversidad funcional; por ejemplo, cuando una persona que necesita una silla de ruedas va a un bar con su grupo de amistades a tomar algo. En cuanto entra en el bar, todo el mundo mira a esa persona, lo que puede hacerla sentir insegura; sin embargo, una vez que están dentro, el/la camarero/a se dirige al resto del grupo para preguntar: «¿Dónde colocamos a la persona de la silla?» Tratamos a esta persona como si ella y su silla de ruedas fueran un carrito de bebé, como si no fuera independiente y no pudiera expresar su opinión o necesidades. «Yo me siento invisible, solo pido normalidad». 

Muchas de las veces que interactuamos con personas con discapacidad visual llegamos a tocar a esa persona sin su permiso, como, por ejemplo, para «ayudarla» a cruzar un paso de peatones. Una anécdota concreta de una mujer adulta con discapacidad visual es la siguiente: «Estaba bajando las escaleras del metro con mi hijo de tres años de la mano y una persona lo cogió en brazos para “ayudarme” a bajarlo. Me asusté muchísimo y me puse a gritar. Es impensable que pueda sucederle esto a una persona que no es de mi condición». La premisa es clara: no hagas lo que no quieres que te hagan; o, al menos, consúltalo antes de prestar tu ayuda. Es necesario preguntar en lugar de tomar la decisión sin su consentimiento, ya que este exceso de buena voluntad puede hacer sentir mal a la otra persona. 

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Caemos también en el estereotipo de que las personas con discapacidad son todas iguales cuando en realidad no es así: algunas tienen buen carácter y son cariñosas, mientras que otras son ariscas; algunas no saben bailar, pero otras son expertas en hip hop. Esta manera de actuar, creyendo que las personas con discapacidad son idénticas, es una forma muy sutil de infantilizarlas, como si no tuvieran una personalidad definida. Es sencillo evitar este error tan común: basta con ser consciente de que tienes una persona delante y no puedes anteponer la discapacidad a la persona. A veces llegamos a la soberbia de regalarles caramelos o tratarlas como si estuvieran enfermas; esto es irreal y deshonroso. Olvidamos que tienen los mismos derechos que cualquiera. 

En el aspecto de la salud mental nos encontramos con las mismas dificultades. Para mantener una buena comunicación, solo hay que estar en contacto con ellas, compartir momentos, no hablar siempre de salud mental ni rehuir el tema. Es muy importante no estar siempre recordando la enfermedad. Es básico hablar de cualquier cosa, ya que tienen intereses, ilusiones, motivaciones como cualquier otra persona. 

Caemos en el error de aconsejar en todo momento a la persona lo que tiene que hacer. Es preferible transmitirle que estás ahí, aunque no sepas cómo ayudarle. Debes tratarla como a una más, sin paternalismo ni sobreprotección, respetándola, haciéndola responsable de sus propias decisiones. El paternalismo infantiliza y hace sentir a la otra persona que nunca va a ser capaz. 

Es preciso empatizar con la persona. Debemos comprender y respetar, por ejemplo, que alguien con un trastorno obsesivo se lave las manos cinco veces seguidas. Su camino no es fácil, está lleno de dificultades, pero es fundamental que se le demuestre calma y tranquilidad. 

Al final las personas somos personas. Desterrar los estereotipos establecidos es uno de los mecanismos más sencillos para tratar a cualquier persona como se merece: con dignidad. Hay muchas discapacidades invisibles, que no son evidentes en una primera impresión. En más de una ocasión he escuchado: «¡Ostras, nadie diría que tiene discapacidad!». He aprendido a reírme imaginando que todos llevamos un cartel colgando del cuello explicando quiénes y cómo somos. 

«Me gustaría que todas las personas me trataran con normalidad». Testimonio de una persona con diversidad. 

Raquel Vázquez 

Coordinadora de proyectos de Demanoenmano 

Integradora social y animadora sociocultural y deportiva