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Mucho más que actividades: el valor invisible de las organizaciones

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Hay lugares a los que vamos porque tenemos una necesidad concreta. Y hay lugares a los que volvemos porque nos hacen sentir parte de algo.

Todos necesitamos espacios donde nos conozcan, donde nos esperen, donde nuestra presencia importe. Lugares donde compartir intereses, construir relaciones y sentir que formamos parte de algo. Aunque a veces no seamos plenamente conscientes de ello, el sentimiento de pertenencia es una de las necesidades humanas más importantes.

Para muchas personas con discapacidad y sus familias, encontrar ese lugar no siempre es fácil.

Las barreras no son únicamente físicas. También existen barreras sociales, culturales y relacionales que, en ocasiones, generan aislamiento, soledad o la sensación de no encajar. Muchas familias se enfrentan a retos cotidianos para los que no siempre encuentran respuestas suficientes. Y es precisamente ahí donde las organizaciones desempeñan un papel fundamental.

 

 

A menudo hablamos de ellas por las actividades que organizan, los servicios que ofrecen o los proyectos que impulsan. Sin embargo, su contribución va mucho más allá. Fundaciones y asociaciones crean algo que resulta difícil de medir, pero que tiene un enorme valor: construyen comunidad.

Cuando una persona se incorpora a una organización, no solo accede a una actividad de ocio, deportiva o formativa. También entra en contacto con personas que comparten experiencias similares, encuentra referentes, crea vínculos y descubre que no está sola.

En muchos casos, lo verdaderamente importante no es la actividad en sí misma, sino todo lo que ocurre alrededor de ella. Las organizaciones tienen la capacidad de dar respuesta a necesidades que a menudo quedan fuera de los recursos públicos o de los servicios tradicionales. Necesidades tan esenciales como sentirse escuchado, reconocido, acompañado o valorado.

Diversos estudios han señalado la importancia de la participación social y comunitaria para el bienestar emocional, la calidad de vida y el sentimiento de inclusión. La Organización Mundial de la Salud (1) destaca que las redes de apoyo y la participación en la comunidad son elementos relevantes para el bienestar y la calidad de vida de las personas con discapacidad, poniendo de relieve el impacto positivo que tienen los entornos inclusivos y las relaciones sociales en su desarrollo personal y social.

Sin embargo, una organización no debería ser únicamente un espacio al que acudir para recibir apoyo. También puede ser un lugar desde el que contribuir, participar y transformar la realidad. Un lugar donde las personas no sean únicamente beneficiarias de un proyecto, sino parte activa de él.

Con frecuencia hablamos de las personas con discapacidad y de sus familias como destinatarias de programas o actividades. Sin embargo, rara vez ponemos el mismo énfasis en su capacidad para liderar iniciativas, aportar ideas, colaborar, proponer cambios o participar activamente en la construcción de la comunidad. Y ahí reside una oportunidad extraordinaria.

Las fundaciones y asociaciones pueden convertirse en espacios donde cada persona encuentre una forma de sumar, independientemente de sus capacidades, circunstancias o experiencias. Lugares donde todos tengan algo que aportar y donde la participación no sea una excepción, sino una parte esencial del proyecto.

 

 

Cuando una persona colabora en la organización de una actividad, propone una mejora, participa en una comisión, ejerce como voluntaria o comparte sus conocimientos con otras personas, deja de ocupar un papel pasivo para convertirse en protagonista.

Lo mismo ocurre con las familias. Su experiencia, sus ideas y su compromiso son una fuente de conocimiento y transformación que ninguna organización debería desaprovechar. Muchas de las mejoras sociales que hoy consideramos normales nacieron precisamente de personas y familias que decidieron organizarse para reclamar derechos, generar oportunidades y construir alternativas.

Por eso, las organizaciones no son solo espacios de encuentro. Son también espacios donde se demuestra, día a día, que la inclusión es posible. Y no únicamente en el ámbito del ocio o del deporte. También en la toma de decisiones, en el liderazgo, en la cultura, en la educación, en la vida comunitaria y en cualquier otro espacio donde las personas desarrollan su proyecto vital.

Esta idea no es únicamente una cuestión de bienestar, sino también de derechos. La Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (2) reconoce el derecho de todas las personas a vivir incluidas en la comunidad y a participar plenamente en la vida social en igualdad de condiciones.

A veces hablamos de inclusión como si fuera una meta lejana o una responsabilidad exclusiva de las administraciones o de las entidades sociales. Pero la realidad es que la inclusión se construye entre todos. Empieza cuando abrimos espacios de participación. Cuando escuchamos voces diversas y reconocemos el valor que cada persona puede aportar a la comunidad.

En un momento en que la sociedad parece cada vez más individualizada, su papel resulta más necesario que nunca. Porque nos recuerdan algo que con frecuencia olvidamos: nadie debería sentirse solo y todo el mundo debería tener un lugar al que pertenecer.

Quizá por eso la pregunta no sea qué pueden hacer las organizaciones por las personas, sino qué podemos construir juntos cuando decidimos formar parte de ellas. ¿Estamos creando espacios donde las personas con discapacidad puedan participar, proponer ideas y asumir responsabilidades? ¿Estamos contando con las familias como agentes de cambio? ¿Entendemos la inclusión como una responsabilidad compartida que nos interpela a todos?

La inclusión se construye. Y cada uno de nosotros, con o sin discapacidad, tiene algo que aportar en esta tarea colectiva.

 

Referencias

(1) Organización Mundial de la Salud (2011). Informe Mundial sobre la Discapacidad.

(2) Naciones Unidas (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, artículo 19.

 

Autora: Irene Borràs Garrido

Bio: Consultora de comunicación y captación especializada en organizaciones no lucrativas. Fundadora y directora de CAUSES. Docente y formadora. Acompaña a fundaciones, asociaciones y proyectos con impacto social en el diseño de estrategias de comunicación y captación de fondos.

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